domingo, 5 de julio de 2009

LO QUE SE HA DE PELAR...

LA MENTIRA.

En las vacaciones de diciembre y enero, llegaban a Jalacingo codas las tías y primas de gratísimo recuerdo, que vivían en Jalapa cuando se escribía con “J”, y los autobuses hacían cuatro horas para llegar.
La tía Belem, hermana de mi padre, copinada del mismo molde que él, se hacia una polainas de papel periódico para no sentir el frío que entumecía los calcañales. Hace sesenta años aún era pecado que las mujeres usaran pantalones, la tradición católica prohibía poner obstáculos al asalto rápido de los ensotanados, así que una arremangada permitía los accesos y los excesos de la curia. Desde luego no era el caso de las virtuosísimas tías que nosotros veíamos mitad santas y mitad beatas.
La chamacada nos entreteníamos aporreando un viejo piano y plagiándo los acordes más complicados a las primas que dominaban el teclado que era un primor.
Y luego los juegos de manos, villanos y plebeyos, las escondidas con rozamientos prohibidos, gratis y gratificantes.
Pero también había celo, competencia; y la muda enseñanza de aprender a mentir.
La tía Ana, quedada desde siempre, solterona irredenta; madre adoptiva de seis generaciones, envejeció antes de aprender a votar. Para ella las urnas eran funerarias; no para elegir diputados, presidentes, ni gobernadores o senadores, eran solo para guardar los restos de los seres queridos, democráticamente muertos en gloria de Don Porfirio, de Madero, de Calles o del mismísimo manco Obregón asesinado por la Iglesia y sus ambiciones… Que aún no se acaban.
No se por que las votaciones del domingo me trajeron a la mente la anécdota de mi hermana Marva, que fue a decirle a la Mamá Ana, que decía la otra tía que ella era una vieja elefantota.
Desde luego que era mentira, chisme entreverado para sonsacarle un buñuelo azucarado fuera de programa.
Ana montó en cólera y por poco también monta en la otra tía, a no ser por los buenos oficios de quienes la convencimos que era una soberana mentira.
Desde entonces aprendí que la mentira, la falacia, el demérito, el vituperio y otros modos de tergiversar la verdad, son formas políticas de relación; que el chisme soltado inocentemente en los corrillos domésticos, se vuelve institucional cuando aparece en los medios de difusión, se convierte en arma para vencer a un potencial enemigo, que lo recibe como si fuera una bala perdida que no acata a ver de donde viene hasta que siente el “madrazo”.
Y arrieros somos y en el camino andamos… La descalificación es una forma de herir a traición.
Y que bueno que soy ateo, si no ya estaría dudando de que a lo mejor Dios existe.
Y quien quiera azul celeste, que se acueste.
Y lo que se ha de pelar que se vaya remojando.
Y mas vale pájaro en mano, que siento bonito.
Y el que a buen árbol se arrima, mal rayo lo parta.

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